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domingo, 18 de enero de 2009

TERTULIA - CUENTOS

Alejandro Pérez García
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Como decíamos ayer, ayer fue el 15 de Diciembre de 2008, la propuesta de trabajo era escribir un cuento partiendo del principio de otro, en este caso: "La Sirenita", de Andersen, y terminar con el final de otro distinto, anónimo. Aquí os dejo lo que ha salido, que, como leeréis después, ha dado para más.


LOS BESOS DEL ADIÓS

“Mar adentro, muy adentro, el agua es tan azul como los pétalos del más hermoso aciano y tan clara como el cristal más puro, pero es muy hunda, más honda de lo que ningún ancla alcanza, y habría que colocar muchos campanarios unos encima de otros para llegar desde el fondo hasta la superficie del agua. Allí abajo habitan las gentes del agua”.

Esa era la figuración constante de Rostomel, siempre dedicado a pensar sobre el principio y el fin de las cosas. Con frecuencia se olvidaba de comer intentando averiguar la razón de ser de los fondos marinos, tan profundamente lejos, sembrados de flores olorosas, rojas, blancas o violetas, que poblarían —suponía él— los jardines acuáticos, misteriosos, cuajados de una belleza indescriptible, una belleza sin autor.

Todos hablaban de ello pero nadie lo había visto. Rostomel, tampoco. A él lo que le interesaba era la vida abundante que habría en el fondo del mar. “Allí viven muchas plantas y animales, pero ¿por qué los peces no sobreviven fuera del agua y las algas pierden textura con el saludo del aire?”, se preguntaba. Esas reflexiones, por cotidianas, ocupaban la vida de Rostomel.

Cansado de buscar explicaciones, sintió que había llegado el momento de descubrir cómo sería la vida, la de los peces también, en el fondo marino, entre corales y algas de colores. Muchas veces había visto cómo entraban y salían del mar buzos y submarinistas con sus trajes especiales, sus escafandras y sus cargas de oxígeno, pero nunca vio a un pensador como él, con la cabeza despejada, la ropa de todos los días y los zapatos de cordones, sumergirse en el Océano. Tampoco había visto a nadie salir así a la superficie. Bueno, sí; a unos náufragos, después de una tormenta.
Dispuesto a disipar sus dudas, una mañana de primavera se dirigió a los arrecifes con un ramo de rosas y otro de claveles. Mientras andaba, el agua fue cubriéndole poco a poco. Las gaviotas dejaron de verlo. Al rato, aquella inmensidad brava, ya quieta, quedó salpicada de pétalos; eran los besos del adiós: unos nacarados, otros pintados de carmín.

“Rostomel murió. Todos lo supieron días después, cuando el mar lo devolvió a la tierra, como dormido. Nadie molestó su sueño, pero sobre su tumba crecen todos los años dos flores: una roja y otra blanca”.
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Inspirado en ese contexto, y como a veces las historias se obstinan y nos obligan a que las hagamos públicas, aquí os pongo esta otra. Tiene el mismo título que la anterior, es un paralelismo, un símil, una transubstanciación o, como prefieren algunos autores, un plagio creativo. Vosotros diréis.


LOS BESOS DEL ADIÓS

Aunque deshabitado desde tiempos inmemoriales, la construcción del Castillo permanecía intacta; pero las casas de la ciudadela, de la misma época, habían desaparecido. Estaba en medio de un páramo, sobre un montículo empinado, rocoso, donde no crecía ni un yerbajo; sin embargo, de forma incomprensible, fuera de temporada, florecían arbustos enhiestos por encima de los parapetos, inundando al pueblo de fragancias salvajes. A todo esto añadían que las mazmorras se comunicaban con el mar, a poco más de una legua. También contaban que después de la muerte del último Noble, todos los que intentaron entrar en el Alcázar desparecieron sin dejar rastro.

Benito, un lugareño de pelo pajizo y orejas pequeñas, apodado “El Cartero” porque escribía y leía las cartas a los analfabetos, negaba cualquier leyenda y se burlaba de las creencias de sus vecinos.

—Esas son habladurías imposibles, cuentos para asustar a los muchachos. En otros pueblos está el hombre del saco, aquí, como hay Castillo, todos hablan de fantasmas —decía El Cartero, levantando la cabeza, despectivo, dejando ver el corazón tatuado en el cuello, entre una B, de Benito, y una M, de Marta, o Maria, o Manuela...

Sus paisanos, molestos por las porfías y valentonadas de Benito, le retaban a que demostrara la ausencia de encantamientos y señales de otros mundos. Una noche, después de discutir sobre todo aquello, decidió entrar en el fuerte en presencia de todos. Lo prometió.

—Será mañana mismo. Vais a ver cómo ahí dentro sólo hay ruinas y abandono, pringados. Eso es lo que sois, unos pringados muertos de miedo.

Al día siguiente, en medio de una multitud expectante, temerosa, cogió una maroma, la tiró con fuerza y la fijó en un merlón. Allí estaba todo el pueblo y algunos habitantes de los anejos, que se habían enterado de los propósitos de El Cartero. Era una tarde de estío, asfixiante. Sólo se oía el cantar de las chicharras, sorprendido por la voz de Benito, un solo que retumbó entre las piedras del baluarte y los curiosos que abarrotaban el enclave.

—¡Allá voy! —gritó haciendo altavoz con las manos.

El Cartero escaló el lienzo de la muralla sin demasiados esfuerzos, descansando con tranquilidad en las saeteras. Cuando llegó a la cima saludó con entusiasmo, haciendo gestos triunfales. Poco después todos vieron cómo se dirigía a una rampa interior a través de un adarve. Los de fuera gritaron agitando las ropas que se habían quitado por el calor, dando así ánimos a Benito, que ya sólo le quedaba abrir la puerta para que todos entraran en el Castillo y vieran que allí no había duendes ni monstruos ni vampiros...

En medio de tanta euforia, no faltaron corrillos que lamentaban la osadía de El Cartero. Muchos, sin desearlo, temían lo peor.

Pasó un rato grande, suavizó la canícula, cayó la tarde y las puertas seguían tan cerradas como siempre. Benito no daba señales de vida. Se hizo de noche, y el hechizo tejido en torno al Castillo seguía vigente. Cobró fuerza, sobre todo cuando, antes de ponerse el sol, se produjeron en los patios de la fortaleza unos remolinos que levantaron mucho polvo, hojarascas y algunos cardos secos. Se vio desde fuera, donde no se movía el aire ni para un remedio, pero sí que llegó un olor fuerte a hierbabuena y albahaca. Aquello causó mucha extrañeza.

—Es el espíritu de El Cartero. Así lo contó una vez mi bisabuela —dijo el mancebo de la botica.

—¡Que va a ser, hombre, qué va a ser! Ese sabe lo que hace. Cuando menos lo esperemos, aparecerá riendo, como siempre —contradijo el herrero.

—No. Yo estoy segura de que esos torbellinos, tan retorcidos, son los besos del adiós —dijo una tal María, que no dejaba de llorar.

Los convecinos de Benito, muy preocupados, esperaron hasta después de la media noche. Cuando amaneció sólo quedaban frente al Castillo sus familiares y dos amigos, uno de ellos el que le tatuó el corazón con la B y la M. Fueron relevados por un grupo de madrugadores que acudieron impacientes, ávidos de noticias. Así establecieron turnos durante aquel día y varios días después, hasta que todos conocieron la suerte de Benito El Cartero.

Una semana más tarde apareció un cuerpo flotando en los acantilados de la costa próxima. Estaba envuelto en la bandera del Ducado, con la impresión de la Torre del Homenaje, y sobre ella los cuatro pináculos, tal cual eran. Según dijeron, igual que cuando, en tiempos remotos, apareció el último Duque, que se ahogó en un aljibe.

A pesar de las coincidencias que podían despistar, no hubo dudas para identificar al cadáver. Su apariencia física y el tatuaje confirmaron con exactitud de quién se trataba.

Los familiares y amigos dieron sepultura a Benito como él quería. Lo dijo muchas veces.

—Igual no me muero nunca, pero, si es que sí, me enterráis en lo viejo del cementerio, en uno de esos nichos labrados en el suelo, sobre el lanchar, donde metían a los romanos. ¡Ahí! Ni tierra, ni flores, ni nada.

Allí le llevaron. Ahora, después de no se sabe cuántos siglos, cuando las chicharras empiezan a cantar y los baldíos y las tierras yermas se agostan, en la tumba de Benito El Cartero, sólo allí, se respira aire fresco, con un olor intenso a hierbabuena y albahaca.

© Alejandro Pérez García